domingo, 27 de septiembre de 2009

Un Toro

Un viento frío y húmedo invadía las calles de Samucurá la madrugada del 23 de septiembre. La tormenta de las cinco de la mañana había tomado desprevenidos a los trasnochadores y dejado vacías las calles. Antón se asomó desde atrás del tanque de agua, miró hacia los lados y corrió hasta la otra esquina. Cuando consiguió esconderse en el hueco de la puerta, agitado, pensó: "Un toro tomado por las astas, un toro". Sin comprender esta imagen que se le había presentado repentina, se tanteó los bolsillos. Seis, siete, siete pesos con... cuarenta... noventa y... cinco. Alcanzaría para desayunar y tomar el primer micro a Cobalto. O no. Mejor era viajar primero a Cobalto y allí tomar un desayuno reconfortante. O mejor aún: tal vez en el micro le ofrecieran algún café y podría ahorrarse unos pesos. Así estaría más seguro.
A las seis y veintitrés del veintitrés de septiembre, Antón se subió al micro, fue hasta el fondo y eligió un asiento individual, al lado de la ventana. El micro arrancó y veinticinco, tal como estaba programado, con sólo tres personas a bordo: un niño de unos ocho años, una mujer delgada de unos trinta y Antón, que, una vez quieto en su asiento, había comenzado a temblar. Sus ropas estaban todavía húmedas por la tormenta. La mujer sacó un cuaderno y comenzó a escribir, el niño se quedó un rato mirando por la ventanilla y Antón, rápidamente, se durmió. Cuando abrió los ojos, lo que a él le pareció un siglo después, se había largado a llover otra vez y tanto la mujer como el niño tenían un vasito humeante de café en sus manos. Ya habían repartido el café y él, dormido. Se maldijo en un susurro y se dispuso, resignado, a retomar el sueño cuando una voz que llegaba de detrás lo sorprendió. Alguien que debía haber subido en una parada intermedia, pensó.
"¿Antón Burk?" dijo la voz masculina, profunda. Antón giró y por alguna razón no se sintió sorprendido de ver una cara redonda y rojiza, rasgos porcinos y bigotes. "Señor Burk, tengo un toro para usted. Disculpe la tardanza. Espero no haberlo importunado. Aquí tiene."dijo el hombre permaneciendo inmóvil.
"Sólo le faltan las astas".

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