Ana veía las cosas de una manera extraña desde aquel lugar.
Desde el rincón superior izquierdo del placard del baño, con la cabeza colgando, Ana veía las cosas, en primer lugar, invertidas.
Eso para ella no era extraño. Aquí las cosas no están más invertidas que desde abajo de mi cama o desde atrás del sofá, pensaba. Sin embargo, el rincón superior izquierdo del placarcito del baño suponía otro tipo de inversión. Mmmm. Otro tipo de inversión...Una inversión de otro tipo...De otro... Inversión. Tipo.
Dos horas y media después, Ana seguía sin encontrar respuesta. Sin embargo podía notar dos cosas: la inversión deliberada de las cosas suponía un esfuerzo, que en este caso se traducía en mucha sangre en su cabeza y dos piernas dormidas. Sostener esa inversión por más tiempo supondría náuseas, ojos inyectados y sin duda, vomitar los ravioles del almuerzo.
Que bueno que hay un inodoro cerca, pensó, y cayó en la cuenta:
invertirse en el placarcito del baño permite mantenerse en ese estado hasta que el propio límite físico lo demande, sin necesidad de preocuparse por tener a mano un tacho para vomitar.
domingo, 27 de septiembre de 2009
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